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viernes, 3 de septiembre de 2010

LA ALEGRÍA DE CRIAR UN HIJO EN DIOS

Querido Padre:

Quisiera contarle sobre la alegría que siento al ser madre. Siento que criar un hijo de Dios, en la conciencia también de que él y yo lo somos, me causa mucha alegría y paz.

Hemos experimentado lo que Usted mismo nos ha enseñado, “que el deseo ya es una promesa” –del Padre-. Digo esto porque desear, concebir, volver a esperar y criar un Hijo de Dios y en Dios, me provoca alegría y paz.

Para nosotros desear y pedir un hijo desde el noviazgo fue una gracia que se va renovando en el correr de los acontecimientos de nuestra vida de esposos.

A ese deseo del noviazgo, se le agregó la espera del hijo durante el primer tiempo de matrimonio, esta segunda espera llena de deseo preparó y fortificó la espera del embarazo.
Sabíamos que desde su concepción nuestro bebé ya estaba ordenado a Dios y destinado a la bienaventuranza eterna. Que Dios Padre lo había creado todo entero, cuerpo y alma.

Y por lo tanto desde el vientre participaba también de nuestra oración y alabanza, sabiendo que la mejor herencia que le podíamos dejar era la fe. Por eso crecía en el corazón el deseo también de vivir este tiempo en santidad y gracia. Ofreciendo y rezando junto al bebé que crecía en mi vientre. Era conciente de que no sólo lo alimentaba con mi sangre sino también con mi oración. Creo que todas estas cosas que uno las vive antes de tener al bebé en brazos fortifican para la “lucha diaria” de ser mamá y dan ganas de tener otros tantos.