Google+ Badge

miércoles, 19 de diciembre de 2012

UNA SOCIEDAD QUE APRUEBA EL ABORTO
¿DE QUÉ ESTÁ ENFERMA?
DIAGNÓSTICO DEL FILÓSOFO JULIÁN MARÍAS

LA ACEPTACIÓN JURÍDICA Y SOCIAL DEL ABORTO 
VISTA POR UN FILÓSOFO:

Si las relaciones de maternidad y paternidad quedan abolidas, si la relación entre los padres que­da reducida a una mera función biológica sin per­duración más allá del acto de generación, sin ningu­na significación personal entre las tres personas implicadas, ¿qué queda de humano en todo ello? Y si esto se impone y se generaliza, si a fines del si­glo xx la humanidad vive de acuerdo con estos principios, ¿no se habrá comprometido, quién sabe hasta cuándo, esa misma condición humana?
Por esto me parece que la aceptación social del aborto es, sin excepción, lo más grave que ha acon­tecido en este siglo que se va acercando a su final.

Dr. Julián MARÍAS
Doctor en Filosofía, Miembro de la Real Academia Española y de la Real Academia de Bellas Artes, Miembro del Consejo Internacional Pontificio de Cultura y Doctor Honoris Causa en Teología por la Universidad Pontificia de Salamanca. Autor de más de cincuenta libros y uno de los más prestigiosos filósofos del siglo XX. 
Tomado de su obra: Sobre el Cristianismo, Planeta, Barcelona, 1997, pp. 100-108.

          La espinosa cuestión del aborto voluntario, que en los últimos años ha adquirido una amplitud des­conocida, hasta convertirse en una de las cuestiones más apremiantes en las sociedades occidentales, se puede plantear de maneras muy diversas. Entre los que consideran la inconveniencia o ilicitud del aborto, el planteamiento más frecuente es el religioso. Por supuesto, es una perspectiva justificada y aceptable, pero restringida. Se suele responder que, para los cristianos (a veces, de manera más es­trecha, para los católicos), el aborto puede ser ilícito, pero que no se puede imponer a una sociedad entera una moral «particular» Es decir, los argumentos fundados en la fe religiosa no son válidos para los no creyentes.
            Rara vez se mira si los argumentos así propues­tos, aun procediendo de una manera cristiana de ver la realidad, no tienen fuerza de convicción in­cluso prescindiendo de ese origen, el hecho es que todo el que no participa de esa creencia se desen­tiende de ellos y considera que no le pueden decir nada. Y los hechos deben tenerse en cuenta.
            Hay otro planteamiento que pretende tener va­lidez universal, y es el científico Las razones bioló­gicas, concretamente genéticas, se consideran demostrables, enteramente fidedignas, concluyentes para cualquiera. Por supuesto esas razones tienen muy alto valor, y se deben tomar en cuenta, pero sus pruebas no son accesibles a la inmensa mayoría de los hombres y mujeres, que las admiten por fe (se entiende, por fe en la ciencia, por la vigencia que ésta tiene en el mundo actual)
            Hay otro factor que me parece más grave res­pecto al planteamiento científico de la cuestión, de­pende del estado actual de la ciencia biológica, de los resultados de la más reciente y avanzada inves­tigación. Quiero decir que lo que hoy se sabe, no se sabía antes. Los argumentos de los biólogos y gene­tistas, válidos para el que conoce estas disciplinas y para los que participan de la confianza en ellas, no lo hubieran sido para los hombres y mujeres de otros tiempos, incluso bastante cercanos.
            Creo que hace falta un planteamiento elemental, ligado a la mera condición humana, accesible a cualquiera, independiente de conocimientos científicos o teológicos, que pocos poseen. Es menester plantear una cuestión tan importante, de conse­cuencias prácticas decisivas, que afecta a millones de personas y a la posibilidad de vida de millones de niños que nacerán o dejarán de nacer, de una manera evidente, inmediata, fundada en lo que todos viven y entienden sin interposición de teorías (que en ocasiones impiden la visión directa y provocan la desorientación)
            Esta visión no puede ser otra que la antropológi­ca, fundada en la mera realidad del hombre tal co­mo se ve, se vive, se comprende a sí mismo. Hay, pues, que intentar retrotraerse a lo más elemental, que por serlo no tiene supuestos de ninguna ciencia o doctrina, que apela únicamente a la evidencia y no pide más que una cosa, abrir los ojos y no volverse de espaldas a la realidad.