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viernes, 8 de abril de 2016

CANCIÓN VULGAR
José María Pemán

A los afortunados a quien Dios dio buena mujer
A la afortunada esposa de los afortunados varones
Una canción vulgar que suena a sublime



Canción vulgar
 Para mi mujer

Voy a cantar hoy, mujer,
una tan honda poesía,
que sólo tú, que eres mía,
vas a saberla entender.
Voy a cantar de un querer
tan unido a mi vivir,
que en cuanto voy a decir,
mujer, no debe asombrarte
que hoy falte en primor y en arte
lo que me sobra en sentir.

Estos versos de hoy no son
vanos y dulces sonidos
que enamoran los oídos
sin llegar al corazón.
No son rosas de pasión
que florecieron ayer
y que, al punto de nacer,
faltas de vida, se helaron:
frutos son que maduraron
al abrigo de un querer.

Y así como un rumor blando
en las horas estivales
denuncia entre los jarales
al río que va cantando,
así quiero yo, rimando,
mujer, mi culto sentir,
saber de tal modo urdir
los versos de mi cantar,
que puedas tú adivinar
cuanto no acierte a decir…

No es mi querer una ardiente
pasión vana y alocada,
como burbuja irisada
que se lleva la corriente.
Es un querer mansamente
tan entramado y tan fino
y, por modo peregrino,
tan elevado y tan llano,
que tiene un mucho de humano
y un no sé qué de divino.

Por eso no voy, mujer,
a hacer un cantar de amores
que ahogara en falsos primores
la hondura de este querer.
Fuera intentar sin poder
el pretender expresar
mi sentir en un cantar
que brotara de mi pluma…
¿Qué nos descubre la espuma
en las honduras del mar?

Inútil y necio fuera
rimar en una canción
cosas tan del corazón
que nadie las entendiera.
Con honda pasión sincera
la canción de este querer
ya está rimada, mujer,
en el alma de los dos…
¡Sólo nosotros y Dios
la podemos entender!

Escucha, pues, la escondida
canción de mi corazón;
escúchame esta canción,
que es la canción de mi vida…
¡Es tan hondo y tan sentida,
que al decírtela hoy a ti,
yo no sé que siento en mí,
que quiere hacerme entender
que Dios se alegra, mujer,
de ver que te quiero así!

A ti te debo, mujer,
la más íntima dulzura
y la más rara ventura
que a nadie pude deber;
porque te debo el saber
íntimamente gozar
la poesía de un hogar
lleno de amor y alegría…,
¡que es la más honda poesía
la fuerza de ser vulgar!

A tu vida pura y sana,
con mi pobre vida unida,
debo el amar hoy la vida
sencilla, buena y cristiana…
Poesía cotidiana
que ilumina cada hora,
y conforta, y enamora,
y es eterna, y nunca hastía…,
¡que por nacer cada día
no es menos bella la aurora!

Por ti aprendí la verdad,
y, de verdades henchida,
el alma le dió a la vida
cimientos de eternidad.
Por ti amo la austeridad
del recio y hondo sentir;
por ti, en mi claro vivir,
de ritmo grave y pausado,
ni me avergüenza el pasado,
ni mi inquieta el porvenir.

Por ti tan sólo, mujer,
hoy siento mi pobre vida
preciada y ennoblecida
de un nuevo y alto valer;
que es tan noble este querer,
y es tan puro y verdadero
el fervor hondo y sincero
en que abrasándome estoy,
que hoy sé lo mucho que soy
por lo mucho que te quiero.

Tras la falsa idealidad
vagaba yo, solo y triste,
mientras que tú no me diste
el pan de la realidad.
En ti encontré la verdad
y puse la vida en ti
porque, al hallarte, entendí,
de mí mismo escarmentado,
que el corazón te ha enseñado
más que los libros a mí.

Desde entonces, mi poesía,
mujer, debe ser tu orgullo,
porque su sentir es tuyo
y sólo la forma es mía.
Mi pobre forma vacía
con tus sentires henchí,
y hoy pienso, mujer, que así,
a pesar de los pesares,
algo valdrán mis cantares
por lo que tienen de ti.

Y así, si llegara el día
en que este mi nombre oscuro
alcanzara el inseguro
favor de la nombradía;
si esta mi pobre poesía
lograra el tiempo vencer,
es porque lleva en su ser
y en su intimidad secreta
más que el arte de un poeta,
el alma de una mujer.

¡Un alma pura y henchida
de poesía noble y sana!
¡Un alma buena y cristiana,
y, por cristiana, sufrida!
¡Un alma, en fin, que a la vida
de un poeta supo dar
un objeto en que emplear
el ardor de su sentir,
y un modelo que seguir,
y una pasión que cantar!

Un alma, en fin, sin doblez,
y de tan puro sentir,
que logró, mujer, unir
la hondura y la sencillez;
y, honda y sencilla a la vez,
es cual remanso que llena
el agua limpia y serena,
que al ser claro, aun con ser hondo,
permite ver en el fondo
hasta los granos de arena.

Ésta es, mujer, la canción
de mis sentidos amores,
tan escasa de primores
como henchida de emoción.
Tú que con el corazón
sabes, mujer, vislumbrar
cuanto no pude expresar
en mis pobres versos…, ¡dime
si no es mi canción sublime
a fuerza de ser vulgar!