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viernes, 15 de abril de 2016

AMOR A DIOS EN LA VIDA CONSAGRADAP. Albert di Ianni (SM)

En el corazón de la vida religiosa está la fe, la fe entendida no de modo intelectual como la recitación de un credo, sino la fe como confianza, como entrega, como cálido apego a Dios.  

La fe es la experiencia de que Dios está presente en mi vida y actúa en ella.  Por la fe siento que tengo una vida espiritual al igual que una vida corporal, una vida que puede crecer y desarrollarse y cuyo alimento es la oración.  

Por la oración crezco en fuerza, convencido de que Dios está ahí, de que Él me ama sin condiciones y me llama, cualquiera que sea la ruta que tome mi vida, a ser como Él es.  

Este sentido de vida espiritual estaba especialmente presente durante nuestro noviciado -dulce y ardiente, pero efímero- como todo primer amor.  

Con el pasar del tiempo nos envolvió el tumulto deleitable de la vida, y nos dejamos ir en las cosas. Sólo cuando nos hicimos mayores, y después de caer y levantarnos muchas veces, el sentido de una vida llena de fe regresó amablemente, más sosegado ahora, más profundo, más firme, más fuerte. 

En algunas vidas, el sentido de la fe regresa bruscamente como rompiendo barreras, como una inspiración que hemos estado bloqueando inconscientemente.  

De pronto Dios se muestra de nuevo, como el sol a través de la niebla matinal.  

El regreso de la fe trasforma al mundo y nuestro quehacer, y el modo como lo consideramos.  

Es un presente del cielo en la tierra y de la feliz visión del Dios de la promesa. 

Puede hacernos pensar que la vida religiosa, a pesar de todas sus dificultades y penosos cuestionamientos, es -en cierto sentido- una aventura  y que puede ser hermosa.

Albert Di Ianni Religious Life as Adventure, La Vida religiosa como aventura, Epílogo