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viernes, 28 de octubre de 2016

FEMINISMO E IDEOLOGÍA DE GÉNERO

https://youtu.be/Ud0y_RkX6Bk

Tema tratado: Feminismo e ideología de género.
Película emitida: "La gran aventura de Silvia" (1935), de George Cukor.
Fecha de emisión: 5 de noviembre de 2010.
Contertulios:
Carmen Sánchez Maillo, Santiago Mata, Jesús Trillo Figueroa y Benigno Blanco.
©2016 YouTube, LLC 901 Cherry Ave, San Bruno, CA 94066

jueves, 27 de octubre de 2016

Fray Rabieta: confesando a su marido


Fray Rabieta tenía experiencia en el confesionario, pero la mujer que se acercó a confesarse lo tomó enteramente por sorpresa. Sería de unos cuarenta y pico de años, más o menos, y Fray Rabieta la conocía bien.
– Ave María purísima… ¿cuánto hace que no se confiesa?
– Mucho.
– ¿Mucho, eh? ¿Y por qué?
– No lo sé.
– ¡Hmmm! ¿Qué clase de respuesta es esa? Pero, bueno, dejemos eso, y vayamos al grano que hay muchos en la fila por confesarse todavía… ¿qué la trae por aquí?
– Se trata de mi marido…
– No, claro, eso ya lo sabía. El 90% de las mujeres que se confiesan, en realidad acuden a “confesar” a sus maridos… ¿con quién la engaña esta vez?
– No, no es eso Padre.
– ¿Cómo que no es eso? ¿Sale de putas, entonces?
– Bueno, qué sé yo, pero no, creo que nunca me engañó con otra…
– Ajá. Un tipo raro, su marido, le voy a decir, señora. Espero que no sea de esos que cambian de gusto y empiezan a salir con hombres…
– ¿Cómo puede decir una cosa así?
– Es mi experiencia de confesor, señora, se sorprendería con la cantidad de casos que hay hoy en día.
– Bueno, pero en el caso de mi marido, nada que ver. Es muy heterosexual.
– Enhorabuena. Ahora bien, ¿no será de esos vagos que no proveen para el hogar, que no trabajan nunca, que se echan a la miseria?
– No.
– ¿Uno de esos que se meten en líos de plata, estafas con deudores que aparecen amenazando, gente siniestra que dicen que le van a romper los dedos?
– No es el caso, no.
– ¿Drogas entonces? ¿Marihuana, cocaína?
– No, nada que ver.
– Entonces, ¿no será de los que andan deprimidos todo el día, que siempre están melancólicos y tristes, que siempre están pum para abajo?
– Tampoco es el caso.
– Bueno, pero entonces, insisto, ¿qué la trae por acá?
– Es que le da por la botella…
– ¡Aahhh! Ahora sí vamos por terreno más familiar. Y dígame una cosa, cuando bebe, ¿le pega a usted, a los chicos?
– No, eso nunca.
– Ajá. Pero empieza temprano y bebe todo el día… un alcohólico, digamos.
– No.
– Bueno, pero entonces será de de los que se ponen agresivos, dice cosas feas…
– No, no es el caso.
– Pero entonces es que dice cosas inconvenientes, soeces…
– No. En general hace reír con las pavadas que dice entonces. Pero a mí no me hace reír, me da mucha vergüenza…
– ¿Y qué es lo que le da vergüenza, señora, si se puede saber?
– Bueno, que beba así… de más. Que se emborrache en público.
– ¡Qué raro! Pensé que usted era descendiente de irlandeses…
– Bueno, pero igual, verlo en ese estado a mi marido… sobre todo si es en público… como le digo me da vergüenza…
– ¿Y si es otro que está borracho? ¿Eso le da vergüenza también? ¿Otro alcoholizado que hacer reír, o que se tambalea un poco al caminar, eso le molesta?
– No me gusta, pero no me incumbe. Y sí, a veces otros me hacen reír. No, la verdad es que no me molesta. Pero verlo así a mi marido… No sé, por ejemplo, la otra vez en una reunión en casa, se quedó dormido.
– Su padre se quedaba dormido siempre en las reuniones sociales y ni siquiera tenía la excusa de haber bebido de más…
– Era insomne.
– Sí, pero no por eso su madre iba a dejar de recibir en su casa y organizar cenas…. pero, dejemos eso. ¿Qué más la trae aquí para confesar a su marido (como lo hacen el 90% de las mujeres)?
– No, nada más.
– ¿Cómo, “nada más”?
– No.
– Pero, dígame una cosa, tiene que haber más, veamos un poco: ¿flirtea con otras mujeres, es desatento, no le importan los hijos, ni los nietos, le da por el escolazo, el póker, el casino, los burros, el golf, se la pasa todo el día fuera de casa, no le presta atención, no le importan las cosas que Ud. sí?
– No. No es así.
– Bueno, entonces, ¿no será que es uno de esos que lo único que le importa es la plata? ¿No es uno de esos amarretes que no le da nunca nada?
– No exactamente, no, no es así.
– Entonces, ¿es pródigo, despilfarra, tira la plata?
– Tampoco, no es el caso.
– ¡Aahh, ya sé! No le habla, no le dirige la palabra casi nunca, no le cuenta sus cosas…
– Más bien al revés. Es más, hace poco empecé a retarlo porque hablaba mucho, todo el tiempo… por demás.
– Entonces, señora, no lo entiendo. La mayoría de las mujeres que vienen a “confesar” acá a sus maridos se quejan de que estos no les hablan… Entonces, ¿no será que es sucio, que no se lava las patas, que no usa desodorante, que tiene mal aliento?
– No.
– Entonces, será que siempre está de mal humor, que vive rabiando por una cosa o por otra, será que siempre anda criticando a todo el mundo, empezando por usted, por las cosas más nimias…
– A veces le da por criticar, no digo que no, pero no tanto, no rabiosamente, no así.
– No lo entiendo, entonces. Será que se olvida de usted, que nunca le compra cosas lindas, que nunca le compra flores, que nunca la invita a cenar, o es simplemente, ¿qué diré yo?, desatento.
– No.
– Bueno, pero… ¿será que no cumple con el débito conyugal?
– Si hay algo que no le puedo reprochar es eso, no precisamente.
– Entonces, señora, usted ha tenido suerte, parece tener un buen marido, mejor que el de muchas, y no alcanzo a ver qué la trajo por aquí…
– Ya se lo dije, toma de más. Y a veces en público. Y eso me pone mal, muy mal… es más fuerte que yo… me da vergüenza.
– Bien, y cuando eso pasa ¿usted qué hace?
– No le hablo durante una semana. Le pongo mi peor cara.
– ¿Y eso? ¿Qué gana con eso?
– Bueno, no sé, me sale así. Me da tanta bronca que tome así y se emborrache en público que reacciono como puedo. Y, como digo, me sale así. Primero me da vergüenza y después me da bronca.
– Y después de una semana de este castigo, para usted y para él, ¿qué pasa?
– Me angustio, me pongo cada vez peor.
– ¿Y él?
– Él se empeña en tratarme mejor que nunca, me compra cosas lindas, se pone especialmente atento, pero yo ya sé lo que quiere con eso…
– ¿Y qué es lo que quiere, si se puede saber?
– Quiere reparar la falta cometida, que admite, sino que es más fuerte que él… y no sabe qué más hacer.
– ¿Y usted?
– Yo ya no sé qué hacer con todo esto… la verdad que no sé qué hacer…
– Bueno, señora, pero con esa cantidad de hijos y nietos, vida social, lo que se llama vida social, no ha de faltarle…
– Eso es verdad. Pero me refiero a salir a comer con mi marido, o a recibir gente. Siempre corro el riesgo de que vuelva a hacer un papelón y yo no quiero eso, no lo aguanto más.
– ¿Por qué?
– ¿Cómo, “por qué”?
– Sí, sí, dígame por qué no aguanta ver a su marido en esas condiciones.
– Ya se lo dije, porque me da vergüenza. No está bueno que el marido de una ande haciendo papelones en público así.
– Hay mucha gente que no lo ve así…
– Me importa un belín. Yo lo veo así, es mi marido y detesto cuando se pone así… ¿Qué quiere que haga? Es más fuerte que yo.
– Hmmm… aquí hay dos lidiando con cosas más fuertes que ellos: su marido con la botella y usted con una vergüenza que… bueno… siendo irlandesa y todo… es difícil de entender… pero qué sé yo…
– Es más fuerte que yo.
– Sí, ya lo dijo antes. Pero redondeando un poco… ¿qué la trae por aquí?
– No sé, como le dije, no sé qué hacer.
– Y yo diría, como para empezar por algún lado, que le restaría importancia a todo este asunto… hay tantos asuntos de tanta importancia…
– ¿Cómo que le restaría importancia? ¿No le he dicho yo lo que me sucede cada vez que ocurre un lance de estos?
– A lo mejor eso le pasa porque le da más importancia a todo esto que lo que en realidad tiene, a lo mejor no tiene la importancia que usted le asigna… a lo mejor es una falta menor en su marido, quizás debiese poner en la balanza todas sus demás virtudes, mirar las cosas con otra perspectiva…
– ¿Otra perspectiva?
– Sí, otra mirada: eso le daría más paciencia para con él.
– Pero ya le dije. Es más fuerte que yo. No puedo. Primero me da una vergüenza de los mil demonios y luego una bronca que no te digo nada.
– Bueno, pero debería reflexionar un poco señora y aquí le voy a hablar objetivamente: la falta de su marido es menor y usted no tiene derecho a recriminársela como si fuera una cosa gravísima, o grave… simplemente porque no le es. Y aquí una cautela: fíjese que el diablo suele agrandar enormemente las faltas de los demás (así como empequeñece las propias): es una de sus trampas preferidas.
– No lo había pensado así.
– ¿Él le recrimina cosas, él le reprocha algo constantemente?
– No.
– Pero no será porque usted es irreprochable…
– No. Sino que me tiene paciencia.
– Bueno, pero usted también le puede tener paciencia… y sino ¿qué cosa es el matrimonio sino aprender a tenerse paciencia recíprocamente?
– …
– A lo mejor él también se vio tentado de agrandar desmedidamente alguna de sus faltas y luego supo reducirla a su exacta dimensión y lograr así ni mencionarla siquiera, porque hay otras cosas que tienen tanta importancia que no vale la pena detenerse en eso…
– No sé que haya hecho una cosa así.
– Bueno, no sé, pero ¿por qué no lo habla con alguien de su confianza, una amiga de verdad? Se sorprenderá usted, sobre todo si tuvo la desgracia de perder a su marido… le dirán una y otra vez que tiene usted suerte con el suyo (a pesar de todo, no crea)… que usted no sabe qué cosa es perderlo, quedarse sola…
– No sé, en este momento me cuesta mucho creer una cosa así…
– Porque está enfadada y eso no es bueno. Pero hay algo más… y esto es más difícil.
– ¿Qué otra cosa?
– Señora, tiene que pensar que Cristo concibió al matrimonio cristiano jerárquicamente: el marido es cabeza de la mujer…
– ¿Y entonces, eso qué tiene que ver con nada?
– Bueno, que aquí rige el mandato de San Pablo, ¿no?: “Así como la Iglesia está sujeta a Cristo, así también las mujeres han de estar sujetas a sus maridos en todo”.
– ¡Ah sí! ¿y tolerar cualquier cosa, y bancar lo que sea?
– Señora, no se enoje conmigo (y trate de no enojarse con Dios, que es palabra de Dios). El marido también tiene sus obligaciones, pero nunca ha de estar “sujeto” a la esposa… ¿me entiende?
– No estoy segura.
– Y bien, fíjese: no vaya a ser que con la excusa de corregir una falta de su marido quiera Ud. encaramarse en una posición de mando… en una posición subversiva… mire que el diablo es muy bueno en este juego. Y mire que San Pablo pide que las esposas “reverencien” a su marido. La palabra es de Dios, no mía. “Reverencien”… ¿se imagina usted?
– Yo a mi marido borracho no lo puede reverenciar ni nada. Eso no me lo puede pedir ni Dios.
– Pero a lo mejor su marido no es exactamente un “marido borracho” como dice usted. Quizás sea mucho menos que eso, muchísimo menos que eso. Y quizás, mucho más.
– Cuesta creerlo, me cuesta creerlo….
– Bueno, como usted quiera: pero yo tenía que expresar la cautela. Igualmente, por ahora no podemos seguir con esto. Ya le dije: hay varios en la fila para confesarse. Ahora, ya que usted lo “confesó” a su marido, dígale de parte mía que venga aquí a “confesarla” a usted, y así quedan empatados, ¿eh? ¡ja, ja! Mientras tanto, piense en lo que le digo, y repítase lo más que pueda, “no es para tanto”, “no es para ponerse así”. Háblelo con alguien de su confianza y le va a decir exactamente lo mismo. Y dígale a su marido, de vez en cuando, que trate de moderarse en la bebida, sobre todo cuando están en público. Pero en cualquier caso tenga, señora, un poco de paciencia, con él, con usted, y con todos. Ahora vaya en paz. Y la próxima vez, tráigame pecados suyos, ¿eh?, je, je. ¡Vaya, vaya en paz!


https://frayrabieta.wordpress.com/2016/10/26/confesando-a-su-marido/

viernes, 21 de octubre de 2016

Inusual homenaje a un amigo





Ayer murió mi amigo el impenitente. Una estupidez lo suyo, sin remedio. Nada le obligaba a la impenitencia porque por edad y enfermedad los apetitos sexuales que le unían a su pareja estaban apagados. En su días comunes, para él estaba preparada la vida de virtud.

Buen tipo si los hubo. Generoso, afable, un gordo buen amigo, alegre, simpático. Se había puesto gruñón. Contra la vida.

La diabetes le fue poniendo cerco a su libertad, el corazón con marcapasos le fue advirtiendo que El Señor venía, no como un ladrón, sino en pleno día y con aviso. Prefirió morir impenitente. O se dejó morir impenitente, porque no era el ateísmo su profesión de Fe.

Rodeado de amigos con Fe, de familia con Fe, de Sacerdotes de buena Fe, se negó al camino formal. Prefirió encarar el paso sin Sacramentos, sin la Gracia. Como si su sola alma pudiera pedir perdón a Dios por secretos del todo confesables en una vida como la de él.
Y hasta tuvo un hijo santo con el que deseaba reunirse. Una atrofia muscular se llevó su juventud a la tumba, y su alma al Cielo. Un hijo que eligió ofrecer su dolor, mudarse cerca de un monasterio, rezar y ser alegre, y anunciar, el día de su cumpleaños 23, que ese día marchaba con Dios, ya parapléjico. Con la alegría de saber que al día siguiente la libertad total era su destino.
Mi amigo entendió a su hijo, lo añoró y deseó su compañía futura. Pero no dio el paso para salir de la impenitencia. Escapularios y ocasionales Misas, palabras de amigos y oraciones de todos le parecían la sensible caricia de la amistad, pero no el llamado a la mejor eternidad.
Mi amigo murió impenitente, vaya a saber porqué. Un infarto lo dejó tirado en su baño, solo. Puesto en su cama le acomodaron en sus manos el Rosario que guardaba en un cajón "para que no se pierda". Un gesto que debió haber sido significado en vida.
Me impresionó que su pública impenitencia le costará la distancia que la Iglesia puso en sus honras públicas, las que se dan a quienes entregan su alma a Dios, o la que se da a aquellos de quienes se duda. Pero mi amigo, que era bueno, murió impenitente. Pudiendo, no puso a Dios en su alma, aún queriéndolo con su corazón. Y así, como los impenitentes: de forma pública y manifiesta, con tenacidad, con terquedad. Y porque sí.
Entre el puente y el agua el suicida aún cuenta con la misericordia de Dios. Y yo cuento con que de algún modo, contra catecismos y doctrinas, Dios haya encontrado el modo de salvarle también a él, a quién tantas veces le dijo "mirá que estoy viniendo, vestite de Gracia".
Entre mi amigo y yo hay una espina: el murió impenitente, y yo abandoné mi amparo sobre su alma. Cansado de gruñidos y tardanzas, y de que no respondiera a mis explícitos pedidos de penitencia lo dejé solo, a su suerte. Y se murió. Y lo que pude hacer en vida ya no puedo hacerlo.
Porque tal vez, además de mi rezar, pude haberle acariciado las emociones un poco más, pude haber conservado la paciencia y dejado a Dios los tiempos que yo no dirijo. Pude haber sido más misericordioso con su naturaleza. Y hacer mi parte del trabajo.
La verdad es que su dureza sirvió de excusa a mi dureza. Pero yo todavía no pago, y él ya rindió su examen. Atrás iré yo, cuando llegue, y deberé explicar porqué mi corazón no se dobló de pena antes de la muerte por la suerte de su alma. Porqué contra guerras y debilidades no le dediqué un poco más a eso de que salve su alma, de que no llegue solo al puerto final.
Mi amigo el impenitente no murió solo. En parte murió con sus malas compañías, que fuimos unos cuantos como yo, que lo dejamos solo. Miserias nuestras también. Pero yo sé más que lo que él sabía. Yo se lo que se jugaba su alma. Si para él en parte la salvación era una fábula, "una cosa que siempre se la juega otro, yo soy bueno", yo sabía la verdad. Es tóxica esta sociedad que conoce el bien y se duerme sin hacerlo. Es tóxico saber que hay mejor vida y no proponérsela no ya a todos, sino a los amigos al menos.
Los que tantas veces pensamos en la Caridad. Los que creemos que la mejor caridad –cuando nuestro hacer parece inútil- está hecha de oraciones y deseos, y que "al menos eso hacemos, rezo por él". Los que olvidamos que no hay caridad con descanso en la obra, sin la palabra que acompaña, sin el gesto que sostiene, sin el ladrillo que fortalece el cimiento. Los que olvidamos que frente a la muerte del impenitente ya no hay excusa para el frío de nuestro corazón, para no haber encendido antes las hogueras, antes de que muera.