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viernes, 24 de octubre de 2014

LA MUJER: DEPENDENCIA Y DOMINIO - Julián Marías


DEPENDENCIA Y DOMINIO
Julián Marías:

"...creo que el dominio de la mujer está hoy en uno de los momentos más bajos de la historia..."

La tradición milenaria, indiscutida, con pocas y dudosas excepciones de matriarcado, es la dependencia de la mujer respecto del varón. Lo característico es que, más que una situación de hecho, ha sido una dependencia expresa, incluso reconocida por las leyes hasta hace pocos años, y no de un modo pleno.

La situación correspondiente del varón no ha solido ser especialmente afirmada y subrayada, pero se la ha dado por supuesta. Muchos factores han llevado a ese reconocimiento: el papel inmemorial de la violencia, la importancia de la fortaleza física, la defensa frente a los enemigos, la guerra, la caza. Se ha ido depositando, durante milenios, la concepción viril del mando. Añádase a esto el que se ha atribuido tradicionalmente al varón la iniciativa amorosa, con una insistencia probablemente excesiva e injustificada en la ‘pasividad” de la mujer. Las metáforas amorosas en circulación inmemorial refuerzan estos esquemas interpretativos: la ‘conquista’ de la mujer por el hombre, la ‘entrega’, como una plaza sitiada.

La ‘dependencia’ de la mujer parece un hecho absoluto y bien establecido. Esto explica, de paso, las resistencias minoritarias, los intentos de rebeldía, las protestas, la impresión de injusticia, todo ello tan característico de nuestro tiempo, aunque no falten antecedentes en otras épocas.

¿Y después? No se puede pasar por alto el otro lado de la cuestión. En el Génesis está dicho: “no es bueno que el hombre esté solo”. El hecho decisivo es que el hombre necesita a la mujer. En el mismo relato del Génesis se cuenta que Eva ofrece la fruta prohibida a Adán y éste se la come. Y cuando Dios le pide cuentas a Adán por haber comido del fruto vedado, su disculpa o explicación es significativa: “la mujer que me diste por compañera me dio de él y comí”. Desde el primer momento se inicia lo que podemos llamar el dominio sin mando.

La palabra pasividad es la que acude un vez y otra, cuando se trata de interpretar la actitud o la función de la mujer. Creo que es una interpretación falsa, fundada en muy leves pretextos. El hombre desea a la  mujer, y esto lo moviliza hacia ella. ¿Y la recíproca? ¿No desea la mujer al hombre? La cuestión es complicada, y la pregunta supone ya una simplificación, lo mismo que la afirmación anterior, según la cual el hombre desea a la mujer. ¿Qué es lo que en ambos casos se desea? No creo que haya suficiente claridad sobre ello, y es decisivo; más adelante habrá que enfrentarse con esa pregunta.

Lo que parece claro es que, en principio, el deseo no parte de la mujer; es decir, la mujer desea después. Si no se tiene esto presente, se introduce una peligrosa confusión: o se supone que hay igualdad de reacción deseante, o se concluye que la mujer desea menos, que es, una vez más, “pasiva”. La mujer, normalmente, desea cuando es deseada. Reacciona al deseo del varón, o con más exactitud al varón deseante, porque su respuesta se refiere a la persona del hombre.

Pero si nos detenemos en lo que esto significa, encontramos que la interpretación pasiva de la mujer es un error de graves consecuencias. 
En primer lugar, el que desea depende de lo deseado, y la iniciación del deseo en el hombre establece un vínculo de dependencia respecto de la mujer. 
En segundo lugar, ser deseado, a pesar de la voz pasiva de esta expresión verbal no es en modo alguno una forma de pasividad. Recordemos una vez más a Aristóteles, según el cual Dios, suprema actividad, acto puro sin mezcla de pasividad, mueve el mundo “como el objeto del amor y del deseo, que mueve sin ser movido". Es la forma máxima de la actividad que podemos llamar atracción. Es lo que corresponde a la mujer que “atrae” al hombre, lo hace desearla, lo llama. ¿Hay algo más activo?

Admitamos, sin embargo, la metáfora tradicional; supongamos que la mujer es “conquistada”. ¿Qué sucede entonces? Se instala, toma posesión de la casa, del hombre dentro de ella, de los hijos que llegan. Le corresponden la cocina, la organización de la vida doméstica, la agricultura primitiva – podríamos ver un resto en el cuidado de las macetas –, durante milenios hilar y tejer, luego por lo menos coser, la educación de los hijos, y con ello algo absolutamente capital: la transmisión de los principios y creencias.

La mujer, desde su dependencia, ejerce un dominio amplísimo y constante. El hombre necesita a la mujer todo el día, en casi todas las dimensiones de la vida, mientras ejerce su dominio – casi siempre nominal – en unos cuantos puntos aislados e inconexos. 

Si se comparan las vidas de los dos, sobre todo las vidas cotidianas, que siempre exceden en importancia a lo que es excepcional, encontramos que están incomparablemente más influidas, conformadas, inspiradas, dirigidas por la mujer. Sobre todo, cuando el hombre tiene fuerte personalidad, cuando es verdaderamente viril, lo que se traduce en estar enérgicamente proyectado hacia la mujer, “pendiente de ella” – dice la expresión popular –, aunque los dos crean que ella es dependiente de él.
Lo que la mujer ha sabido confusamente siempre y está olvidado es que su dominio es eficaz desde la dependencia. Cuando se resiste a ésta, lleva las de perder. Por lo pronto, porque se hace menos deseable – y sobre todo en menos aspectos, de manera más parcial, en dimensiones relativamente abstractas –. Es muy difícil medir las cosas humanas, que no son cuantitativas sino cualitativas, pero que tienen intensidad en diversos grados, pero tengo la impresión de que la mujer de la segunda mitad del siglo es menos deseada, o más incompletamente, que en otras muchas épocas que nos son accesibles mediante la historia o la ficción.

Resulta la mujer menos necesaria en la medida en que satisface menos necesidades; si simplifica su relación con el hombre, las necesidades son menores porque deja de suscitarlas; habría que hacer la historia de la creación por la mujer de innumerables necesidades que se incorporan a las formas de la vida, que luego la mujer misma satisface, pero que primero “inventa” , y convierte en desiderata, acaso imprescindibles. 
Una historia adecuada de la civilización prestaría a este aspecto la atención que  merece. Consta la transformación que sobre la rudeza de la Edad Media ejercieron las mujeres, sobre todo en los siglos XIV y XV; sin ellas, ¿sería imaginable el Renacimiento, tal como se refleja en el prodigioso libro del Conde Baldassari Il Cortegiano, que en la admirable traducción de Juan Boscán se convirtió para nosotros en El Cortesano, del Conde Baltasar Castellón? 
Y siempre que veo una buena película del Oeste, uno de esos westerns que son la épica de nuestro tiempo, me asombra el refinamiento, la humanización, el sutil dominio civilizador que introducen en los ranchos, en las mínimas ciudades perdidas en la lejanía, llenas de rudeza y violencia, entre los broncos vaqueros, labradores, cazadores y buscadores de oro, esas mujeres que después del trabajo agotador se visten de damas, resucitan la cortesía, sacan la vajilla decorosa, bailan con mesura y tensión, restableciendo el campo magnético, con sus hombres, que se rinden a ese mundo irreal, entrevisto y deseado.

Cuando la mujer es menos deseable llega a ser menos necesaria; cuando lo es sólo fragmentariamente, o de manera discontinua, resulta menos permanente y perdurable; y por tanto, más fácilmente sustituible que cuando significa una necesidad total, global, procedente del último centro de la persona. Una cosa es necesitar algo de una persona, de la mujer en este caso, otro es necesitarla a ella.

Y no se piense solamente en el hombre como tal, por ejemplo en el marido, aunque esto es decisivo, mucho más de lo que hoy se piensa. El dominio de la mujer se extiende a otros aspectos, a otras zonas de la realidad. A los hijos sobre todo, “hechos” por la madre en muy distintos grados, según su calidad personal y su dedicación. Y esto quiere decir, no a los “niños”, aunque por ahí se empieza, sino a los hijos cuando crecen, cuando llegan a ser hombres y mujeres; es decir, al futuro. Ese dominio llega a la sociedad entera, a la de hoy y a la de mañana, porque la mujer es la verdadera transmisora del sistema de creencias y vigencias que la constituye (de esto me ocupé en detalle, para nuestra época, en La mujer en el siglo xx).

Este dominio disminuye sensiblemente cuando la mujer no acepta la “dependencia” para ejercerlo desde ella. Y la tendencia actual a que el hombre tome más parte en la vida doméstica, en el cuidado de los hijos, que es sumamente acertada, se anula cuando decrece la participación de la mujer, y se desemboca en la situación, tan frecuente hoy, de que los hijos tienen una peligrosa carencia de padres, con una presencia reducida al mínimo, sustituida tal vez por una libertad hecha de indiferencia y una abundancia económica con la que se quiere compensar la desatención.

Por otra parte, a veces se llama “dependencia”, con un matiz peyorativo, a la disponibilidad, al servicio “permanente” que se suele exigir a la mujer con familia, con hijos, sobre todo muy jóvenes. Así es, es un requisito de esa función, y ciertamente penoso, hasta el punto de que hay pocos trabajos más duros y absorbentes – más interesantes y valiosos también –. Es la estructura de la realidad, con la cual hay que contar, que se puede modificar hasta cierto punto, siempre sin violentarla, sin perderle el respeto.

Imagínese lo que la técnica ha hecho por humanizar y aliviar el trabajo de la mujer, en el corto espacio de las vidas de los que todavía no son viejos. Cuesta un esfuerzo recordar cómo se hacían, hace pocos decenios, las operaciones cotidianas, desde encender la lumbre, disponer el agua caliente, ir a la compra, guisar, lavarlos platos, cacerolas y sartenes, lavar la ropa, zurcir calcetines y medias. Unos cuantos aparatos universalmente difundidos, unas nuevas fibras benéficas, han transformado la vida cotidiana de la mitad de la humanidad en enorme porción del mundo. Esa sí ha sido una verdadera revolución sin sangre ni locura. Si se la hubiera aprovechado, si no se la quisiera mezclar con otras, si se pusiera en juego la inmensa cantidad de holgura vital que esas técnicas han dado a la mujer, esa potencia liberadora, para nuevos proyectos, para la dilatación de su vida, estaríamos en una época de maravillosa plenitud.

Pero se ha ido perdiendo, por lo menos se ha ido gestando un desvío creciente hacia lo que he llamado disponibilidad o servicio permanente. La tendencia de la mujer actual, la tentación a la que más fácilmente sucumbe, es ser momentánea. Parece cosa de poca monta, casi nada: pero precisamente eso invierte lo que ha sido su condición, y su mayor fuerza. La momentaneidad, la fugacidad, la falta de coherencia y permanencia, excluye el dominio. A pesar de lo que se dice, y de las apariencias, creo que el dominio de la mujer está en uno de los momentos más bajos de la historia.

[Tomado de: Julián Marías, “La Mujer y su sombra” (Ed. Alianza Editorial, Madrid 1998) págs. 73-80]