viernes, 24 de enero de 2020

EL VERDADERO AMOR
EN PERSPECTIVA JUDÍA

EL AMOR VERDADERO 
¿Existe realmente? 
¿Cómo lograrlo? 
¿Puede durar?

La respuesta a la última pregunta es afirmativa, y es la clave para responder a las dos anteriores.
    En la sociedad moderna, los conceptos de amor y sexo se han confundido terriblemente. Esto ha hecho mucho daño y ha tenido un gran costo humano.
    El sexo es la culminación de un amor verdadero, pero no indica necesariamente su existencia.
    Por ejemplo: lamentablemente, esta falsa ecuación [sexo = amor] ha provocado, o ha engañado,  a algunas personalidades modernas, para hacer una terrible tergiversación de las historias bíblicas que relatan la amistad del Rey David y Jonathan, por ejemplo (quiera guardarnos El Nombre de estas afirmaciones ofensivas).
     Del concepto de amor verdadero se trata en la Mishná, en un lugar donde se afirma que "Cualquier amor que depende de algo exterior no duradero
 (atracción física, el dinero, etc.) se desvanecerá cuando ese algo deje de existir".
     Esta Mishná nos enseña lo que es verdadero amor. No consiste en que dos personas se sientan atraídos el uno hacia el otro por algo exterior que los ayunta.
Hay verdadero amor cuando se sienten más bien atraídos por la esencia del otro.
     Ellos se identifican el uno con el otro y, en consecuencia, sus propias naturalezas
hacen que su amor mutuo sea inevitablemente verdadero y perdurable.
     Parece hermoso, pero ¿qué tiene que ver conmigo? ¿Cómo puedo alcanzar esta elevada forma de vinculación?
     Creo que la respuesta a estas preguntas se puede encontrar en un pasaje del Talmud (Sanhedrín 7a)  y en una parasháh del Rashi de esta semana.
     El pasaje en el Talmud dice lo siguiente: "Alguien solía decir, 'si nos amáramos intensamente, podríamos dormir juntos en una silla estrecha. Si el amor se desvaneciera, no nos bastaría la cama más grande'".
     Rabí Huna encontró el fundamento para esta afirmación en los versículos que describen cómo le habló el Nombre a Moisés desde el espacio de un palmo existente entre los querubines de oro encima del arca de la Alianza.
       Mientras que, como dijo el profeta Isaías, cuando Israel estaba alejado del Nombre, ni el edificio más grande lograba albergar la Divina Presencia ".
      ¿Por qué es tan atinada la observación del Rabí Huna? Creo que porque la relación con El Nombre debe ser una relación de amor verdadero: de estrecha identificación.. Verdaderamente, su gloria llena el universo, sin embargo, podía caber en la palma de una mano cuando Moisés y los israelitas eran, en cierto sentido, uno solo con él. Pero en el tiempo de Isaías, cuando hubo un distanciamiento, no había lugar capaz de albergar Su gloria.
      En cuanto al relato de la parasháh de esta semana, que se refiere a las piedras sobre las cuales reclinó su cabeza Jacob para dormir aquella noche, el Rashí explica que las piedras se disputaban entre sí el privilegio de servir de apoyo a la cabeza del justo. Y El Nombre dirimió el litigio entre ellas fusionándolas en una sola piedra grande.
       Este relato es, a mi parecer, la clave de todo el asunto que estoy tratando sobre el verdadero amor. La forma de identificarse, de estar unidas aquellas piedras en lo esencial, era compartir la misma pugna, el mismo anhelo de ser la almohada de la cabeza del justo.
       Eufemísticamente, si nuestra principal aspiración en la vida es ser un lugar de descanso para la Shejinah, si consiste en ser un Tabernáculo en miniatura, entonces, encontraremos nuestra alma gemela y seremos hechos uno en esencia con ella, al igual que las piedras. Esto es el verdadero amor. Que dura para siempre

martes, 21 de enero de 2020

LA LUJURIA ES DEMONÍACA (9)
EMBOTA LA MENTE Y EL ESPÍRITU [1]

La lujuria es enemiga del Buen Amor, porque ciega la inteligencia
En el varón especialmente embota la razón y deja a merced de las pasiones desordenadas, de las cuales las más animales son la gula y  la lujuria. 

Santo Tomás de Aquino se plantea la pregunta: De si la ceguedad de la mente y el embotamiento del sentido provienen de los pecados carnales [que son la gula y la lujuria]

Y afirma que, aunque parecería que la ceguedad de la mente y la debilidad del sentido no proviniesen de los vicios carnales, los Padres enseñan que sí. Aduce al respecto la autoridad de San Gregorio quien afirma que: la torpeza o embotamiento del sentido intelectual proviene de la gula, y la ceguedad de la mente proviene de la lujuria (Moralia Lib 37 c. 17)
Por lo tanto, dice Santo Tomás, hay que afirmar como cierto que “De la gula proviene la debilidad del sentido y de la lujuria la ceguedad de la mente”. [Y esto naturalmente para la fe y las realidades sobrenaturales y divinas]

Y argumenta así: “Responderemos que la perfección de la operación intelectual del hombre consiste en la abstracción de las imágenes de las cosas sensibles; y por esta razón, cuanto más libre estuviere el entendimiento del hombre de tales imágenes, tanto mejor podrá considerar las cosas inteligibles y ordenar todas las sensibles; pues como dice Anaxágoras, es preciso que el entendimiento no se mezcle en las demás cosas para que impere sobre ellas, y que es menester que el agente domine la materia, para que pueda moverla, como refiere Aristóteles (Physic. Lib 8, t. 37).
Pero es evidente que la delectación aplica la intención a las cosas en que uno se deleita. Por esto dice el Filósofo (Aristóteles, Ethic. Lib 10, c. 4 y 6) que cada uno obra con más empeño las cosas que lo deleitan, pero nunca las contrarias, o algunos, si lo logran lo hacen flojamente.
Mas los vicios carnales, como son la gula y la lujuria, consisten en las delectaciones del tacto, esto es, de la comida y del deleite carnal, cosas que son vehementísimas entre todas las delectaciones corporales.
Po consiguiente, por medio de estos vicios la intención del hombre se aplica más a las cosas corporales, y, por consiguiente, se debilita la operación del hombre con relación a las inteligibles.
Y más por la lujuria que por la gula, por ser más vehementes las delectaciones de los placeres carnales que los de la comida.
Por esta razón de la lujuria proviene la ceguedad de la mente, la cual excluye casi totalmente el conocimiento de los bienes espirituales; pero de la gula proviene el embotamiento del sentido que debilita al hombre para el conocimiento de las cosas inteligibles.

Por el contrario las virtudes opuestas, como la abstinencia y la castidad, disponen más al hombre a la perfección de la operación intelectual. Por lo cual se dice (Daniel 1,17) que a estos jóvenes, es a saber a los abstinentes y continentes, dio Dios ciencia e inteligencia en todo libro y saber.
[Santo Tomás de Aquino: Summa Theol. 2a. 2ae, q.15, art. 3]

martes, 14 de enero de 2020

LA LUJURIA ES DEMONÍACA (8) LOS DEMONIOS
INDUCEN ADICCIONES SEXUALES
PARA DOMINAR AL SER HUMANO

El demonio aspira a un principado análogo y rival al de Dios sobre el hombre. Así lo afirma Santo Tomás:
“ambicionó además como consecuencia cierto principado sobre los demás seres: en lo que también presumió en su perversidad asemejarse a Dios” [Suma Teológica, 1ª Parte, cuestión 63 art. 3º C.]

Pero ese principado no puede ejercitarlo como lo hace Dios y los Ángeles buenos, sino que, de acuerdo a la corrupción de su naturaleza por el pecado demoníaco sólo puede ejercerlo a través de la mentira, y la coacción, usando el halago para inducir en soberbia o la amenaza para mover a desconfianza en Dios.

Los Ángeles y los demonios pueden influir en los sentidos humanos e incluso en los cuerpos.
Pueden también corporizarse, como el Ángel Rafael convertido en compañero de viaje de Tobías.

Como dice Agustín en XV De Civitate Dei [La Ciudad de Dios]:
"Muchos de los que experimentaron, o que lo oyeron de los que lo habían experimentado, confirman que los silvanos y los faunos, vulgarmente llamados íncubos (demonios), muchas veces han raptado mujeres y se han unido a ellas. Por lo tanto, negar eso sería precipitado.
        Pero bajo ningún concepto los santos ángeles de Dios pudieron tropezar de este modo antes del diluvio. 
       Por eso, por 'hijos de Dios' son entendidos los hijos de Set, que eran buenos. Y por hijas de los hombres la Sagrada Escritura designa a las nacidas de la estirpe de Caín (que no eran buenas). 
        No hay que extrañarse, pues, que de ellos pudieran nacer gigantes. Ni todos lo fueron, pero antes del diluvio hubo muchos más gigantes que después. 
      Pero, aun suponiendo que alguna vez naciesen o hubiesen nacido seres humanos de una unión habida con los demonios, no serían engendrados por un principio vital propio del demonio o por el del cuerpo que lleva unido, sino que  debiera ser tomado de algún hombre para tal objetivo. 
        Esto es lo que sucedería, por ejemplo, si el demonio se hiciese súcubo ante el hombre, e íncubo ante la mujer, ya que podría tomar las semillas de algunas cosas para engendrar cosas distintas, como dice Agustín (IIIº De Trinitate. De la Trinidad). En este caso, el hijo que nace no es hijo del demonio, sino hijo del hombre del que tomó el ser. 
[Santo Tomás, Summa Theologica Primera Parte, Cuestión 51, Artículo 3 ad 6m]
       
Los dichos de San Agustín, evidentemente, son tomadas de leyendas antiguas nacidas de la mitología. Pero las técnicas de fecundacion artificial y los intentos de producir seres humanos por via artificial, considerados en su inspiración rebelde contra Dios y el orden creado por él, tienen un manifieso signo demoníaco, de rebeldía contra Dios.
       Al mismo tiempo demuestran que el demonio que inspira estos intentos, toma los gametos de seres humanos.

La alusión de San Agustín a los demonios Íncubos y Súcubos nos remite a experiencias oníricas de todos los tiempos. Son experiencias que se siguen dando y que, unánimemente, son de una clase de placer sexual acompañado de pesadillas y terror, no de amor, y se viven más como violación que como unión amorosa. Y sobre todo no son acompañados de la intención generativa, sino por lo general de invasión abuso o violación sexual.
        De hecho la experiencia de haber padecido sueños de íncubos o súcubos, se da en personas que han vivido experiencias de masturbación y sexo sin amor, o despiertan en personas "inocentes" la curiosidad por la exploración sexual en estado de vigilia. Pueden interpretarse como una forma de tentación mediante una vejación nocturna involuntaria.

         A la luz de estas verdades se nos da a comprender por qué y cómo induce el demonio a los desórdenes sexuales y puede, muchos casos iniciar en ellos.
         Ellos le permiten obtener un dominio sobre varones y mujeres. Un dominio despótico que ejerce a través del sexo desordenado, separado del amor y que por hacerse compulsivo eclipsa la libertad necesaria para amar a Dios.
          La así llamada ciencia psicológica no suele considerar como adictivas las compulsiones de naturaleza venérea. Y esos psicólogos hacen ciega a la ley y la justicia ante las violencias y crímenes por motivos sexuales (incesto, fornicación, adulterio, violaciones)
          El Señor nos enseña que los desórdenes sexuales, en los que el sexo se separa del amor y adquiere una fuerza propia, obsesiva y adictiva que llega hasta a anular la libertad, son de naturaleza demoníaca.
          Y nos hace ver que, como el demonio no puede ni quiere gobernar al ser humano por el amor de caridad, pues su pecado fue el rechazo de la caridad (que supone como condición necesaria la libertad porque viene de Dios)
          Lo que procura el Demonio es someter a su dominio por medio de la sexualidad desordenada, donde precisamente, por la obsesión y la adicción hace que el ser humano ya no sea libre y sea incapaz de amarse, ni siquiera de amarse a sí mismo.



viernes, 10 de enero de 2020

EL BUEN AMOR EN LUCHA CON LA CONCUPISCENCIA

Un texto de San Agustín que explica
las consecuencias del Pecado Original


Introducción al texto
Se llama Concupiscencia al desorden de las pasiones, que no obedecen a la razón. Por ejemplo: el hombre que no logra dejar de comer lo que sabe que le hace daño; que sabiendo que el adulterio es malo no logra dominarse. etc. etc.

El Buen Amor tiene que luchar contra la Concupiscencia
especialmente con el desorden de la pasión sexual que se llama lujuria.

El Señor vino a salvar el amor humano, que desde la caída del pecado original, está herido y en muchos casos paralítico, languideciente, agonizante y hasta muerto.
Todos los amores humanos deben ser salvados para que sea salvado el hombre perdido en el egoísmo y el desamor. No puede ser feliz sin amar, pero no sabe ni logra amar.
Entre todos los amores, el amor esponsal es el que principalmente y más urgentemente necesita reparación, tratamiento y sanación.

Sólo la revelación divina acerca del pecado original y de sus consecuencias explica lo que ha sucedido en la humanidad y lo que vemos que hoy sucede con el amor humano y la epidemia de fracasos amorosos, matrimoniales y familiares, que nos aqueja.
Aristóteles se asombraba de que siendo la virtud la condición necesaria para la perduración del amor de amistad entre los hombres, - amistad en la que consiste su felicidad -, los virtuosos se corrompiesen y se sumergiesen a sí mismos en la infelicidad, por no poder renunciar a un placer incapaz de hacerlo feliz. El filósofo no conoció la revelación sobre el Pecado Original. Conoció sí el síndrome asombroso que San Pablo describe como “hago el mal que no quiero”, pero no conoció el remedio que san Pablo ofrece.

San Agustín, es un experto en el hecho del Buen Amor y del obstáculo que representa la Concupiscencia. En una entrada anterior remití a su obra sobre “El Bien del matrimonio y la Concupiscencia”.

Ahora quiero ofrecer un texto suyo que es esencial para entender lo que es la concupiscencia, que padecemos como pena del pecado original y que tanto milita contra el Buen Amor.

La Concupiscencia es la desobediencia de las pasiones o apetitos del alma a la razón.
San Agustín nos explicará, en el texto que sigue a continuación, que Adán y Eva, nuestros primeros padres, por haber desobedecido a Dios, padecieron y nos trasmitieron la pena de la desobediencia de su propia naturaleza a sí mismos. Ya no se pudieron gobernar más por la razón y sus descendientes somos avasallados por nuestras pasiones.
Esta es la causa de que el Buen Amor sea atacado y a veces destruido por la pasión sexual desacatada, que lleva el nombre de lujuria.

Dice San Agustín en La Ciudad de Dios,
“… Por decirlo en breves palabras: en la pena y castigo de aquel pecado [original], ¿con qué castigaron o pagaron [nuestros primeros padres Adán y Eva] la desobediencia sino con la desobediencia? ¿Pues qué cosa es la miseria del hombre sino padecer contra sí mismo la desobediencia de sí mismo; y que ya que no quiso lo que pudo, quiera lo que no puede?

Porque aunque en el Paraíso, antes de pecar, no podía todas las cosas, con todo, lo que no podía no lo quería, y por eso podía todo lo que quería; pero ahora, como vemos en su descendencia y lo insinúa la Sagrada Escritura, "el hombre se ha vuelto semejante a la vanidad" [en vez de semejante a Dios].

Pues ¿quién podrá referir cuánta inmensidad de cosas quiere que no puede, entretanto que él mismo a sí propio no se obedece, esto es, no obedece a la voluntad, el ánimo, ni la carne, que es inferior al ánimo?

Porque, a pesar suyo, muchas veces el ánimo se turba y la carne se duele, envejece y muere, y todo lo demás que padecemos no lo sufriéramos contra nuestra voluntad, si nuestra naturaleza obedeciese completamente a nuestra voluntad; pero, a la verdad, padece algunas cosas la carne que no la dejan servir.

¿Qué importa en lo que esto consiste con tal que - por la justicia de Dios, que es el Señor, a quien siendo sus súbditos no quisieron servir -, nuestra carne, que fue nuestra súbdita, no sirviéndonos, nos sea molesta?

Bien que, nosotros, no sirviendo a Dios, pudimos hacernos molestos a nosotros y no a El; porque no tiene el Señor necesidad de nuestro servicio como nosotros del de nuestro cuerpo, y así es nuestra pena lo que recibimos, no suya; y los dolores que se llaman de la carne, del alma son, aunque en la carne y por la carne.

Porque la carne ¿de qué se duele por sí sola? ¿Qué desea? Cuando decimos que desea o se duele la carne, o es el mismo hombre, como anteriormente dijimos, o alguna parte del alma que excita la pasión carnal, la cual, si es áspera, causa dolor; si suave, deleite; pero el dolor de la carne sólo es una ofensa del alma que procede de la carne, y cierto desavenimiento de su pasión o apetito; como el dolor del alma que llamamos tristeza es un desavenimiento de las cosas que nos suceden contra nuestra voluntad”

La Ciudad de Dios, (Libro 14, capítulo 15)

martes, 7 de enero de 2020

LA LUJURIA ES DEMONÍACA (7)
PUREZA Y SANTIDAD SEXUAL SEGÚN SAN PABLO

PUREZA Y SANTIDAD SEXUAL SEGÚN SAN PABLO
San Pablo formula la doctrina revelada sobre la corporeidad y la sexualidad principalmente en la primera carta a los Corintios.

Corinto estaba a los pies de una Montaña de 700 metros, coronada por el templo dedicado al ídolo de Venus Afrodita o Venus Porné, el ídolo de la pasión erótica. 
Al rededor del templo de Venus porné, había otros templos. Uno dedicado a Juno, la mujer esposa de Júpiter. Rodeando el templo de Venus había una aldea poblada por los ieródulos y ieródulas, prostitutos y prostitutas que ejercían una especie de sacerdocio del templo de la lujuria divinizada a cuyo imperio se sometían los peregrinos venidos de toda la cuenca pagana del Mediterráneo. 
Los juegos olímpicos o ístmicos (por el istmo de Corinto) eran a la vez deporte y culto del cuerpo y de la vanagloria de la desnudez, con la consiguiente contaminación lujuriosa de una ciudad situada junto a dos puertos y enriquecida por el comercio.
Corinto fue para Pablo una parroquia difícil, pero allí resplandecía más la victoria de la gracia sobre la lujuria circundante.
Pablo entabló allí en el epicentro del imperio del demonio de la lujuria, el buen combate evangélico enarbolando la cruz. 
He aquí algunas de sus enseñanzas sobre el cuerpo, la lujuria y la santidad y pureza sexual: 1ª Corintios, capítulos 5 al 7