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viernes, 21 de octubre de 2016

Inusual homenaje a un amigo





Ayer murió mi amigo el impenitente. Una estupidez lo suyo, sin remedio. Nada le obligaba a la impenitencia porque por edad y enfermedad los apetitos sexuales que le unían a su pareja estaban apagados. En su días comunes, para él estaba preparada la vida de virtud.

Buen tipo si los hubo. Generoso, afable, un gordo buen amigo, alegre, simpático. Se había puesto gruñón. Contra la vida.

La diabetes le fue poniendo cerco a su libertad, el corazón con marcapasos le fue advirtiendo que El Señor venía, no como un ladrón, sino en pleno día y con aviso. Prefirió morir impenitente. O se dejó morir impenitente, porque no era el ateísmo su profesión de Fe.

Rodeado de amigos con Fe, de familia con Fe, de Sacerdotes de buena Fe, se negó al camino formal. Prefirió encarar el paso sin Sacramentos, sin la Gracia. Como si su sola alma pudiera pedir perdón a Dios por secretos del todo confesables en una vida como la de él.
Y hasta tuvo un hijo santo con el que deseaba reunirse. Una atrofia muscular se llevó su juventud a la tumba, y su alma al Cielo. Un hijo que eligió ofrecer su dolor, mudarse cerca de un monasterio, rezar y ser alegre, y anunciar, el día de su cumpleaños 23, que ese día marchaba con Dios, ya parapléjico. Con la alegría de saber que al día siguiente la libertad total era su destino.
Mi amigo entendió a su hijo, lo añoró y deseó su compañía futura. Pero no dio el paso para salir de la impenitencia. Escapularios y ocasionales Misas, palabras de amigos y oraciones de todos le parecían la sensible caricia de la amistad, pero no el llamado a la mejor eternidad.
Mi amigo murió impenitente, vaya a saber porqué. Un infarto lo dejó tirado en su baño, solo. Puesto en su cama le acomodaron en sus manos el Rosario que guardaba en un cajón "para que no se pierda". Un gesto que debió haber sido significado en vida.
Me impresionó que su pública impenitencia le costará la distancia que la Iglesia puso en sus honras públicas, las que se dan a quienes entregan su alma a Dios, o la que se da a aquellos de quienes se duda. Pero mi amigo, que era bueno, murió impenitente. Pudiendo, no puso a Dios en su alma, aún queriéndolo con su corazón. Y así, como los impenitentes: de forma pública y manifiesta, con tenacidad, con terquedad. Y porque sí.
Entre el puente y el agua el suicida aún cuenta con la misericordia de Dios. Y yo cuento con que de algún modo, contra catecismos y doctrinas, Dios haya encontrado el modo de salvarle también a él, a quién tantas veces le dijo "mirá que estoy viniendo, vestite de Gracia".
Entre mi amigo y yo hay una espina: el murió impenitente, y yo abandoné mi amparo sobre su alma. Cansado de gruñidos y tardanzas, y de que no respondiera a mis explícitos pedidos de penitencia lo dejé solo, a su suerte. Y se murió. Y lo que pude hacer en vida ya no puedo hacerlo.
Porque tal vez, además de mi rezar, pude haberle acariciado las emociones un poco más, pude haber conservado la paciencia y dejado a Dios los tiempos que yo no dirijo. Pude haber sido más misericordioso con su naturaleza. Y hacer mi parte del trabajo.
La verdad es que su dureza sirvió de excusa a mi dureza. Pero yo todavía no pago, y él ya rindió su examen. Atrás iré yo, cuando llegue, y deberé explicar porqué mi corazón no se dobló de pena antes de la muerte por la suerte de su alma. Porqué contra guerras y debilidades no le dediqué un poco más a eso de que salve su alma, de que no llegue solo al puerto final.
Mi amigo el impenitente no murió solo. En parte murió con sus malas compañías, que fuimos unos cuantos como yo, que lo dejamos solo. Miserias nuestras también. Pero yo sé más que lo que él sabía. Yo se lo que se jugaba su alma. Si para él en parte la salvación era una fábula, "una cosa que siempre se la juega otro, yo soy bueno", yo sabía la verdad. Es tóxica esta sociedad que conoce el bien y se duerme sin hacerlo. Es tóxico saber que hay mejor vida y no proponérsela no ya a todos, sino a los amigos al menos.
Los que tantas veces pensamos en la Caridad. Los que creemos que la mejor caridad –cuando nuestro hacer parece inútil- está hecha de oraciones y deseos, y que "al menos eso hacemos, rezo por él". Los que olvidamos que no hay caridad con descanso en la obra, sin la palabra que acompaña, sin el gesto que sostiene, sin el ladrillo que fortalece el cimiento. Los que olvidamos que frente a la muerte del impenitente ya no hay excusa para el frío de nuestro corazón, para no haber encendido antes las hogueras, antes de que muera.

viernes, 27 de septiembre de 2013

DE VUELTA DEL SEXO POR EL SEXO:
RAQUEL WELCH

Mirando hacia atrás a los setenta años se arrepintió diciendo: 

“Si yo hubiera tenido una actitud diferente sobre el sexo, la concepción y la responsabilidad, las cosas habrían sido muy distintas... Debido precisamente a la imagen sexy que tuve es importante para mí decirles: 

¡Vamos, chicas, a animarse: somos capaces de algo mucho mejor!” 

¡Sí Raquel, somos capaces de amar más y mejor...!

Tomo del blog Página católica la traducción al castellano de estas declaraciones de la actriz Raquel Welch. 
Son un testimonio personal elocuente de las consecuencias, negativas para la mujer, de la revolución sexual que separó el sexo del amor en la cultura del occidente postcristiano y decadente que, como en el declinar del  imperio romano practica la comida por la comida y el sexo por el sexo.
http://www.pagina-catolica.blogspot.com.ar/2012/12/consejos-de-una-sex-simbol.html

Página católica introduce así las declaraciones de la actriz arrepentida:

Dos años atrás, cuando la célebre actriz americana Raquel Welch cumplió los 70 años, la CNN publicó unas sorprendentes declaraciones suyas bajo el título "It’s sex o’clock in America".

Nuestros suspicaces lectores dirán que hace este discurso ahora que es septuagenaria, cuando nunca se atrevió anteriormente, que se sepa.

No obstante, como ella misma lo dice, cuando una "sex-symbol entrada en años como yo les agita una bandera colorada para mostrarles cuán bajo han caído los estándares morales, quiere decir que el asunto está muy, pero muy mal".

Creemos que Raquel Welch ha querido reparar, aunque sea mínimamente, el daño que su imagen haya podido causar. Si es así, en buena hora.

Para traducir el título original de la nota: "It’s sex o’clock in America", se tuvo en cuenta que entre las 17 y las 18 Hs. tiene lugar lo que llaman "Happy Hour": la gente sale del trabajo y va a los bares o a donde sea a divertirse por una hora. A las 6 de la tarde (It is six o'clok)  el Juego de acaba.

SON LAS SEIS EN AMÉRICA: SE ACABÓ EL JUEGO
“Desde que Margaret Sander abrió en 1916 la primera clínica de planificación familiar nada ha vuelto a ser lo mismo. La proliferación de los métodos anticonceptivos ha tenido un efecto brutal en hombres y mujeres, y ha conducido a un cambio radical en los valores morales.


Las últimas cinco décadas, de 1960 a 2010, me han conducido desde la juventud a la ancianidad. He vivido, pues, la sexualidad femenina durante ese periodo revolucionario, y sé cómo ha afectado a América, para bien o para mal.

A comienzo de los 60´ la píldora facilitó a la mujer la opción de postergar la maternidad hasta establecerse en una carrera. 
No obstante, las jovencitas (y yo era una de ellas) teníamos la necesidad de una cierta introspección, además de considerar  los efectos secundarios que a largo plazo originan los anticonceptivos orales, antes de tomar una decisión. Elección que yo también tendría que enfrentar cuando descubrí que estaba embarazada por primera vez a los 19 años..
Aunque estaba casada con el padre del bebé (Jim Welch), no me sentía preparada para ser madre: tendría que postergar mis ambiciones laborales.

Pero la "decisión" no era sólo mía. Aunque siempre había querido tener hijos con Jim, no estaba muy segura de cómo iba a reaccionar él, porque éramos dos recién casados de 19 años luchando por llegar a fin de mes. Fue inflexible en su determinación de conservar el bebé y eso cambió completamente el curso de las cosas. Siempre lo amaré por cómo reaccionó en ese momento de nuestras vidas.

viernes, 14 de diciembre de 2012

JESUCRISTO, ESPOSO DE MI ALMA

Testimonio de una mujer creyente que habiendo padecido la destrucción de su matrimonio ha encontrado, por el camino de la fe, una nueva relación esponsal con Cristo. 
Esto le permite seguir procurando en paz y con el alma serena, el bien espiritual del quien sigue siendo su marido por el sacramento del matrimonio, indisoluble, a pesar de la separación y el divorcio civil. 


"Le pedí a Jesús, que hoy, en mi situación de separada, que como Esposo de mi alma me enseñe más sobre receptividad, obediencia y servicio. Escucharlo, confiar en Él, obedecerle y servirle en mi realidad". 

Padre:
le envío este comentario al testimonio de Ana que Usted publicó en su último libro
“El Buen Amor en el matrimonio. Preguntas y respuestas” y que leo en las páginas 37 al 39.
Usted lo había publicado en el Blog del Buen Amor en una Entrada de fecha viernes 13 de agosto del 2010.

Paso a tratar de expresar lo que produjo un gran impacto en mi alma hoy, cuando leí el testimonio de Ana.
No sólo por la toma de conciencia que me ha producido, sino porque reconozco una gran verdad en sus palabras, porque así ocurría en un tiempo en mi matrimonio.

“Y cuando uno empieza a escuchar al esposo – escribe Ana-, empiezan a suceder cosas sorprendentes. Quizás la primera es que el marido empieza a sentirse escuchado. Y eso le trae un nuevo sentido de su responsabilidad espiritual hacia la esposa y la familia. Y de allí nace una fuerza nueva en el corazón del varón bueno, para sacrificarse en el trabajo, el estudio.”

Leyendo esto, primero sentí como una pena, porque en las buenas épocas de mi matrimonio, mi marido fue un luchador, en su trabajo, en el estudio, en tratar de salir para delante, hasta que se fueron desvirtuando las cosas, yo lo dejé de escuchar, quedé atada en mi rosca, centrada en mí misma, buscándome más que nada a mí. Los chicos, la casa el trabajo, el deporte, las amigas, estaban primero…

Y por supuesto que las conductas fueron cambiando, y la relación enfermando. Por supuesto que dejé de escucharlo a mi esposo y de hacerle caso a sus sugerencias, que hoy en el tiempo las veo que eran con sentido común…

 Pero hoy, leyendo el testimonio de Ana y pensando en mis errores pasados, me dije: “esto ya pasó, ya fue, no hay cambio, porque pertenece al pasado. Hoy no puedo reconstruir lo destruido ni modificar nada de lo que ya fue”.

Pero doy gracias a Dios porque en vez de quedarme sumergida en la tristeza de lo ocurrido, le pedí a Jesús que me ayudara en mi nueva situación de separada. Le di gracias porque me hizo tomar consciencia de mi error, de mi cuota parte en la separación. Y le pedí, que hoy, en las conversaciones que tengo cuando me encuentro con mi esposo, pueda ser más receptiva, pueda escuchar con más atención lo que me dice. Porque aunque estemos divorciados por lo civil y él vaya por la enésima pareja, seguimos teniendo que hablar con motivo de los hijos, la casa, la pensión alimenticia, el pago del colegio...

Le doy gracias a Dios porque me ha hecho comprender que sigue siendo mi esposo ante Dios y yo su esposa. Le doy gracias porque no me ha dejado engañar, como se engañan tantas, queriendo "reconstruir mi vida" con otro hombre.

Le pedí a la Virgen Madre, esposa de San José, que me enseñe a ser una buena esposa en esta situación de separación y de divorcio civil. La fui imaginado y contemplando en algunas situaciones difíciles: como ser en camino a Belén (con todo preparado para la venida de Jesús y el cambio de planes), camino a Egipto (país nuevo, con lengua extraña, sin conocidos), camino a Nazaret nuevamente (¡Vuelta a empezar!). La imaginé receptiva, atenta y obediente a su San José. Y pedí que me diera la gracia de poder imitarla.

También le pedí a San José la gracia para mi esposo de recuperar lo perdido…

En tercera instancia, le pedí a Jesús, que hoy, en mi situación de separada, que como Esposo de mi alma me enseñe más sobre receptividad, obediencia y servicio. Escucharlo, confiar en Él, obedecerle y servirle en mi realidad.

Creo que fue Él mismo Quien por providencia puso esta lectura en mis manos, y el deseo sincero en mi corazón de amarlo, confiar en Él en todos mis miedos, tristezas y broncas, escucharlo, obedecerle y servirle ¡como esposa!

Sé por experiencia personal, que cuando uno entrega su miseria, cuando uno en oración y con el corazón, y la voluntad le ruega a Jesús que transforme lo que tenemos, lo que somos. Él, en su momento (que no es el nuestro) hace la multiplicación de los panes que nosotros le brindamos.

Por eso en fe, ya doy gracias por todo lo que me espera. Después de la lectura del testimonio de Ana, del rosario y de la alabanza en agradecimiento por todo lo recibido, espero con serenidad el cambio en mi vida que ya experimento en mi corazón.

Le pido que publique Usted este testimonio porque veo que las mujeres de hoy vivimos engañadas y como perdidas. Pro no ponga mi nombre.

[La autora se refiere al libro: “El Buen Amor en el matrimonio. Preguntas y respuestas” Editorial Lumen, Buenos Aires 2012, 172 págs.]

sábado, 28 de julio de 2012

¡QUÉ LÀSTIMA! ¡NO HABER SABIDO ESCUCHARLO A MI ESPOSO!

Testimonio de una mujer creyente que habiendo padecido la destrucción de su matrimonio ha encontrado, por el camino de la fe, una nueva relación esponsal con Cristo. 
Esto le permite seguir procurando en paz y con el alma serena, el bien espiritual del quien sigue siendo su marido por el sacramento del matrimonio, indisoluble, a pesar de la separación y el divorcio civil. 


"Le pedí a Jesús, que hoy, en mi situación de separada, que como Esposo de mi alma me enseñe más sobre receptividad, obediencia y servicio. Escucharlo, confiar en Él, obedecerle y servirle en mi realidad". 

Padre:
le envío este comentario al testimonio de Ana que Usted publicó en su último libro
“El Buen Amor en el matrimonio. Preguntas y respuestas” y que leo en las páginas 37 al 39.
Usted lo había publicado en el Blog del Buen Amor en una Entrada de fecha viernes 13 de agosto del 2010.

Paso a tratar de expresar lo que produjo un gran impacto en mi alma hoy, cuando leí el testimonio de Ana.
No sólo por la toma de conciencia que me ha producido, sino porque reconozco una gran verdad en sus palabras, porque así ocurría en un tiempo en mi matrimonio.

“Y cuando uno empieza a escuchar al esposo – escribe Ana-, empiezan a suceder cosas sorprendentes. Quizás la primera es que el marido empieza a sentirse escuchado. Y eso le trae un nuevo sentido de su responsabilidad espiritual hacia la esposa y la familia. Y de allí nace una fuerza nueva en el corazón del varón bueno, para sacrificarse en el trabajo, el estudio.”

Leyendo esto, primero sentí como una pena, porque en las buenas épocas de mi matrimonio, mi marido fue un luchador, en su trabajo, en el estudio, en tratar de salir para delante, hasta que se fueron desvirtuando las cosas, yo lo dejé de escuchar, quedé atada en mi rosca, centrada en mí misma, buscándome más que nada a mí. Los chicos, la casa el trabajo, el deporte, las amigas, estaban primero…

Y por supuesto que las conductas fueron cambiando, y la relación enfermando. Por supuesto que dejé de escucharlo a mi esposo y de hacerle caso a sus sugerencias, que hoy en el tiempo las veo que eran con sentido común…

 Pero hoy, leyendo el testimonio de Ana y pensando en mis errores pasados, me dije: “esto ya pasó, ya fue, no hay cambio, porque pertenece al pasado. Hoy no puedo reconstruir lo destruido ni modificar nada de lo que ya fue”.

Pero doy gracias a Dios porque en vez de quedarme sumergida en la tristeza de lo ocurrido, le pedí a Jesús que me ayudara en mi nueva situación de separada. Le di gracias porque me hizo tomar consciencia de mi error, de mi cuota parte en la separación. Y le pedí, que hoy, en las conversaciones que tengo cuando me encuentro con mi esposo, pueda ser más receptiva, pueda escuchar con más atención lo que me dice. Porque aunque estemos divorciados por lo civil y él vaya por la enésima pareja, seguimos teniendo que hablar con motivo de los hijos, la casa, la pensión alimenticia, el pago del colegio...

Le doy gracias a Dios porque me ha hecho comprender que sigue siendo mi esposo ante Dios y yo su esposa. Le doy gracias porque no me ha dejado engañar, como se engañan tantas, queriendo "reconstruir mi vida" con otro hombre.

Le pedí a la Virgen Madre, esposa de San José, que me enseñe a ser una buena esposa en esta situación de separación y de divorcio civil. La fui imaginado y contemplando en algunas situaciones difíciles: como ser en camino a Belén (con todo preparado para la venida de Jesús y el cambio de planes), camino a Egipto (país nuevo, con lengua extraña, sin conocidos), camino a Nazaret nuevamente (¡Vuelta a empezar!). La imaginé receptiva, atenta y obediente a su San José. Y pedí que me diera la gracia de poder imitarla.

También le pedí a San José la gracia para mi esposo de recuperar lo perdido…

En tercera instancia, le pedí a Jesús, que hoy, en mi situación de separada, que como Esposo de mi alma me enseñe más sobre receptividad, obediencia y servicio. Escucharlo, confiar en Él, obedecerle y servirle en mi realidad.

Creo que fue Él mismo Quien por providencia puso esta lectura en mis manos, y el deseo sincero en mi corazón de amarlo, confiar en Él en todos mis miedos, tristezas y broncas, escucharlo, obedecerle y servirle ¡como esposa!

Sé por experiencia personal, que cuando uno entrega su miseria, cuando uno en oración y con el corazón, y la voluntad le ruega a Jesús que transforme lo que tenemos, lo que somos. Él, en su momento (que no es el nuestro) hace la multiplicación de los panes que nosotros le brindamos.

Por eso en fe, ya doy gracias por todo lo que me espera. Después de la lectura del testimonio de Ana, del rosario y de la alabanza en agradecimiento por todo lo recibido, espero con serenidad el cambio en mi vida que ya experimento en mi corazón.

Le pido que publique Usted este testimonio porque veo que las mujeres de hoy vivimos engañadas y como perdidas. Pro no ponga mi nombre.

[La autora se refiere al libro: “El Buen Amor en el matrimonio. Preguntas y respuestas” Editorial Lumen, Buenos Aires 2012, 172 págs.]