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viernes, 7 de diciembre de 2012

DE SI PUEDE HABER LUJURIA DENTRO DEL MATRIMONIO (2 de 2)

San Agustín Del Bien del Matrimonio
La concupiscencia y el bien del matrimonio

Libro I. La santidad del matrimonio Cristiano Parte I: 
A) El matrimonio es esencialmente bueno
III. 3. El bienaventurado apóstol Pablo muestra que la castidad conyugal es un don de Dios cuando, hablando sobre ella, dice: Quiero que todos los hombres fuesen como yo, pero cada uno ha recibido de Dios su propio don: uno de este modo, otro de otro (1ª Corintios 7, 7).
Así, pues, afirmó que también este don proviene de Dios. Y, aunque sea inferior a la continencia, en la que habría deseado que todos estuvieran como él, sin embargo, es un don de Dios.
De aquí comprendemos, cuando se aconseja que se hagan estas cosas, que solamente se da a entender la necesidad de que exista en nosotros la voluntad propia de recibirlas y conservarlas. Ciertamente, cuando se ve que son dones de Dios -al que se han de pedir, si no se tienen, y al que se ha de agradecer, si se poseen-, uno se da cuenta de que, sin la ayuda divina, nuestra voluntad tiene poca fuerza para desear, conseguir y conservar estas cosas. […]


En los no creyentes
IV. 5. Así, pues, la unión del hombre y la mujer, causa de la generación, constituye el bien natural del matrimonio. Pero usa mal de este bien quien usa de él como las bestias, de modo que su intención se encuentra en la voluntad de la pasión y no en la voluntad de la procreación.
Aunque en algunos animales privados de razón -por ejemplo, en la mayor parte de los pájaros- también se observa como un cierto pacto conyugal; así, el ingenio de construir los nidos, el tiempo dividido en turnos para incubar los huevos y los trabajos sucesivos de alimentar los polluelos hacen ver que al juntarse se preocupan más por asegurar la especie que de saciar el placer. De estas dos cosas, la primera hace al animal semejante al hombre; la segunda, al hombre semejante al animal.

viernes, 30 de noviembre de 2012

DE SI PUEDE HABER LUJURIA DENTRO DEL MATRIMONIO (1 de 2)

JUAN PABLO II 
CATEQUESIS SOBRE LA PUREZA DEL CORAZÓN 
15 de octubre 1980 
La concupiscencia de la mirada y la pureza interior 
El adulterio en el corazón puede suceder entre esposos.


[En la foto: Juan Pablo II, enfrentando vientos opuestos]

 “El adulterio ‘en el corazón’ se comete no sólo porque el hombre mira ‘así’ a la mujer que no es su esposa, sino precisamente porque mira ‘así’ a una mujer. Incluso si mirase ‘de ese modo’ a su propia esposa, cometería el mismo adulterio ‘en el corazón’” 

 1 Quiero concluir hoy el análisis de las palabras de Cristo sobre el “adulterio y sobre la “concupiscencia” y, en particular, el último elemento de la frase que define la “concupiscencia de la mirada” como “adulterio cometido en el corazón”.

 Ya hemos dicho que esas palabras se entienden ordinariamente como deseo de la mujer de otro – según el espíritu del noveno mandamiento del decálogo -. Pero esta impresión restrictiva puede y debe ser ampliada a la luz del contexto global. Parece que la valoración moral de la concupiscencia, del “mirar para desear”, a la que Cristo llama “adulterio cometido en el corazón”, depende, en gran parte, de la misma dignidad personal del hombre y de la mujer; lo cual vale, tanto para aquellos que no están unidos en matrimonio, como – y quizás más aún – para los que son marido y mujer.

 El análisis hecho hasta ahora de Mateo 5, 27-28 – “Habéis oído que se dijo: no adulterarás. Pero yo os digo que todo el que mira a una mujer deseándola, ya adulteró con ella en su corazón” – muestra la necesidad de ampliar y profundizar la interpretación desarrollada antes, referente al sentido ético de este enunciado.

Nos detenemos en la situación descrita por el Maestro, según la cual quien “comete adulterio en el corazón”, por un acto interno de concupiscencia expresado por la mirada, es el varón. Resulta significativo que Cristo, al hablar del objeto de ese acto, no subraye que es “la mujer de otro”, o la mujer que no es la propia esposa, sino que dice genéricamente: la mujer.

El adulterio cometido “en el corazón” no se circunscribe a los límites de la relación interpersonal que permite individuar el adulterio cometido “en el cuerpo”. No son éstos los límites que deciden exclusiva y esencialmente el adulterio cometido “en el corazón”, sino la misma naturaleza de la concupiscencia, expresada, en este caso, por la mirada, por el hecho de que el hombre – a quien Cristo toma como ejemplo – “mira para desear”.

El adulterio “en el corazón” se comete no sólo porque el hombre mira así a la mujer que no es su esposa, sino precisamente porque mira “así” a una mujer. Incluso si mirase de ese modo a su propia esposa, cometería el mismo adulterio “en el corazón”.

 3. Esta interpretación considera de modo más amplio lo que ya hemos apuntado sobre la concupiscencia y, en primer lugar, sobre la concupiscencia de la carne como elemento permanente del estado de pecabilidad del hombre (status naturae lapsae ).

La concupiscencia que, como acto interior, nace de esta base – ya indicado en el anterior análisis -, cambia la intencionalidad misma de la existencia de la mujer “para” el hombre, reduciendo la riqueza de la perenne llamada a la comunión de personas, la riqueza de la profunda atracción entre masculinidad y feminidad, a una mera satisfacción de la “necesidad sexual” del cuerpo – a lo que parece corresponder mejor el concepto de “instinto”-. Una reducción tal, hace que la persona – en este caso, la muer – se convierta para la otra persona – para el varón – en posible objeto de satisfacción de la “necesidad sexual”. Se deforma así el recíproco “para”, que pierde su carácter de comunión de personas en aras de la función utilitarista.

El hombre que “mira” de ese modo, como escribe Mateo 5, 27-28, “se sirve” de la mujer, de su feminidad, para saciar el propio “instinto”. Aunque no lo exteriorice, en su interior ya ha asumido esta actitud, decidiendo, interiormente respecto a una determinada mujer. En esto consiste precisamente el adulterio “cometido en el corazón”.

Este adulterio “en el corazón” puede cometerlo incluso el hombre con su propia esposa, si la trata solamente como objeto de satisfacción de su instinto.

No es posible llegar a esta segunda interpretación de las palabras de Mateo 5, 27-28, si nos limitamos a la interpretación puramente psicológica de la concupiscencia: es necesario tener en cuenta lo que constituye su específico carácter teológico, es decir, su relación orgánica entre la carne, entendida como, por decirla de alguna forma, disposición permanente derivada de la pecabilidad del hombre. Parece que la interpretación puramente psicológica - o sea, sexológica – de la “concupiscencia” no constituye una base suficiente para comprender este texto del sermón de la Montaña. En cambio, si optamos por la interpretación teológica – sin infravalorar lo que aquella tiene de válido – ésta se nos presenta más completa. En efecto, gracias a ella se esclarece el significado ético del texto clave del sermón de la Montaña, que nos abre la adecuada dimensión del ethos del Evangelio. […]

 Como es evidente, la exigencia que, en el sermón de la Montaña, Cristo propone a todos sus oyentes actuales y potenciales, pertenece al espacio interior en que el hombre – el que escucha – debe redescubrir la perdida plenitud de su humanidad y ansiar recuperarla. Le plenitud en la mutua relación de las personas del hombre y la mujer, la reivindica el Maestro en Mateo 5, 27-28, pensando sobre todo en la indisolubilidad del matrimonio, pero también en toda otra forma de convivencia de los hombres y las mujeres: la que forma la pura y sencilla trama de la existencia. La vida humana, por naturaleza, es “coeducativa”, y su dignidad y equilibrio dependen, en cada momento de la historia y en cada punto geográfico, de “quién” será ella para él y él para ella.

[Tomado de: Juan Pablo II, La Redención del Corazón. Catequesis sobre la pureza cristiana, Ed. Palabra, Madrid 1996. El texto que reproducimos es tomado de las páginas y reproduce el texto de la Catequesis impartida por S. S. Juan Pablo II en la Audiencia General del 15 de octubre de 1980]

martes, 28 de junio de 2011

EL VERDADERO AMOR

Un sabio profesor se encontró frente a un grupo de jóvenes que se declaraban en contra del matrimonio. Los muchachos argumentaban que el romanticismo constituye el verdadero sustento de las parejas y que es preferible acabar con la relación cuando éste se apaga en lugar de entrar a la hueca monotonía del matrimonio.

El profesor les escuchó con atención y después les relató un testimonio personal:

- Mis padres vivieron 55 años casados.

sábado, 15 de enero de 2011

RENATA: EL SECRETO DIVINO DE LA FIDELIDAD Y LA GRACIA DE SER FIEL

El 9 y 11 de junio pasado publiqué en dos entradas el testimonio de Renata con el título:
RENATA: MOTIVOS DE LA INFIDELIDAD FEMENINA

He recibido recientemente otro mail de Renata que me llena de alegría al ver cómo continúa y avanza la obra de la gracia divina en el alma de esta mujer. Una gracia que la llena de fortaleza para amar con un amor fiel e invencible ante algunas rudezas hirientes de su esposo. Por el contrario, la gracia divina ilumina su alma para comprender las facetas duras de la vida del varón que a veces la mujer es ciega para ver.
Este testimonio de hoy se apreciará mejor repasando las entradas del 9 y 11 de Junio de 2010


Querido Padre Horacio:
sus palabras siempre caen en el momento justo. Mi esposo, está como siempre, y sólo por gracia de Dios pude esperar todo este tiempo sin rencor.

Hasta comprendí y agradecí a Dios el hecho de que eso pasara porque así pude ofrecer ese dolor que me causaba por una situación familiar de un hermano.
Porque además de rezar, ¿qué otro sacrificio podía ofrecer por él?

Tengo un buen trabajo, soy maestra, tengo mi casa, tengo salud, tengo amigos,
¡¡¡¡TENGO A DIOS!!!!

¿No es así? Dejé de comer postres. Me levantaba muy temprano y ofrecía el rosario diario... pero eso no era suficiente para mí.
¡¡¡Qué grande es Dios que me permite entenderlo!!!
Así que sufrí con paciencia sabiendo que lo hacía por mi hermano... y también por mi esposo ¿no?

Además estoy decidida a ser sumisa, a callarme un poco esta bocota que tengo que me lleva a los problemas y a darle a mi esposo un poco de protagonismo también.

Después de todo ¿qué nos pensamos las mujeres que creemos que nuestros maridos deben idolatrarnos?

El otro día pensaba: organizamos todo: la boda, la casa, la ropa que debe ponerse, el lugar de los muebles, la comida, la educación de los hijos, a veces hasta las salidas y diversiones y todavía pretendemos que ellos lleguen el trabajo para escuchar nuestras quejas y nos compadezcan por "tanto trabajo" y tengan tiempo para escucharnos.

¿Y ellos? me pongo en su lugar... ¡¡¡por fin!!!


Y digo...ellos también llegan a SU CASA cansados de estar todo el día afuera trabajando por “el peso” y merecen atención, una mujer que no le venga con problemas, un rincón acogedor, palabras amables y cariñosas.

¡¡Tanto tiempo me llevó entenderlo Dios mío!!

El grupo de catequistas estamos recibiendo formación en discipulado.
¡¡Ay!! cómo me "pega" el Señor!!  Siento que me llama, ¡¡A MÍ!!
Tan imperfecta, tan limitada, tan pecadora… me llama a la grandeza de un discípulo. Siempre pensé para mí... no quiero saber tanto, o mejor nada...no quiero comprometerme a tanto... quiero hacer lo mío, lo sencillo, lo de todos los días, cumplir mínimamente y ya está.
Pero Él tiene otros planes, parece.

Y mientras tanto me va moldeando ¿no?

Otra vez siento la alegría de la presencia de Dios y me siento más fuerte para afrontar lo que venga.

Gracias otra vez Padre Horacio

Renata

martes, 10 de marzo de 2009

¿PUEDE DESACRALIZARSE EL AMOR SIN ABOLIRLO?

GOEL:
EL DIOS PARIENTE POR ALIANZA:

ELECCIÓN, AMOR, MISERICORDIA, FIDELIDAD,
RELIGIÓN Y PARENTESCO
En todas las religiones y culturas el epos funda el ethos. El epos es la narración de los orígenes y del pasado, la teogonía, el relato de los orígenes, tiene una función de hermenéutica existencial, es decir cultural y pretende arrojar luz y decir algo significativo y orientador para el presente. Algo que inspira y orienta el obrar humano: ethos.
En la revelación que nos trasmiten las Sagradas Escrituras, el obrar de Dios, del Dios de la Alianza, es el fundamento, el modelo ejemplar y el precedente posibilitante a la vez, de la moral y de la cultura de la Alianza (ethos).
Ahora bien, esa conducta divina se define, en la revelación bíblica, por dos atributos divinos: Jen gracia y Jésed amor y misericordia. Por gracia y misericordia Dios elige, ama y se vincula. Jen y Jésed son las dos virtudes del antes y después de la Alianza, las virtudes del Dios de la Alianza.
Y como la Alianza debe perdurar y perpetuarse fielmente, otro de los atributos divinos que tienen su paralelo en el amor humano, cuando es puro, es su fidelidad, su ‘emuná.

El Nosotros divino-humano al que pertenece Dios con los hombres, como veremos, tiende a expandirse y universalizarse, por ejercicio de gracia y misericordia, primero dentro del pueblo mismo de la Alianza y después a nivel de toda la Humanidad. “En ti serán bendecidas todas las naciones” le anuncia Dios en el momento de elegir a Abraham[1].

Insisto en señalar que jen y jésed, gracia y misericordia, así como Go’el = pariente, ‘emunáh, fidelidad, son, en el ámbito de la religión y cultura bíblica que los acuña, términos que pertenecen a la vez al ámbito de las relaciones religiosas (es decir divino-humanas) y al ámbito de las relaciones familiares y sociales (es decir inter-humanas). Jen y jésed son atributos divinos tanto como virtudes esponsales que unen por elección y amor a los esposos, y son también las virtudes que han de regir todas las relaciones de parentesco nacidos de la alianza esponsal y entre los miembros de la tribu y del clan.